Fabricio Salas Guerrero – médico epidemiólogo y miembro de Aipócrates

Mientras en Colombia los niños salen disfrazados a pedir dulces y en Ecuador se prepara la colada morada para ir al cementerio, una industria silenciosa ofrece algo que ninguna tradición prometió: que nuestros muertos nos respondan.
Imagine que el 2 de noviembre, después de dejar flores en la tumba de su madre, le llega un mensaje de WhatsApp. Es su forma de escribir, sus diminutivos, la misma manera de preguntarte si ya comiste o llevaste un abrigo. No es una broma de Halloween. Es un deadbot.
Fantasmas hechos de datos
Los deadbots, también llamados griefbots, thanabots o «fantasmas generativos», son sistemas de inteligencia artificial que imitan la forma de hablar, la personalidad e incluso la voz o el rostro de una persona fallecida. Usan la misma tecnología de los grandes modelos de lenguaje que hay detrás de los asistentes conversacionales: se les entrega la huella digital del difunto (chats, correos, audios, fotos, videos) y el modelo aprende a «sonar» como él.
Empresas como HereAfter AI, StoryFile o Project December ya los ofrecen. En China, la llamada «resurrección con IA» avanzó tanto que los juristas ya analizan sus implicaciones en el derecho privado.
Y no es un fenómeno lejano. Volkswagen Brasil «revivió» con IA a la cantante Elis Regina, fallecida en los años ochenta, para un comercial que desató un intenso debate ético. En México, una funeraria ofrece animar con IA fotografías de difuntos para el Día de Muertos.
La idea no es ajena a nuestra cultura. Hablamos con los muertos en el cementerio, les dejamos su plato favorito, les escribimos cartas. La diferencia es que, por primera vez, alguien contesta.
El trato: un consuelo que funciona (demasiado bien)
En 2026, Jack Manning y colegas de la Universidad de Colorado en Boulder publicaron uno de los primeros experimentos directos con personas en duelo. Dieciséis participantes conversaron, en orden aleatorio, con dos versiones de un «fantasma» construido con GPT-4: una que hablaba como el fallecido, en primera persona, y otra que hacía de mediadora y hablaba de él en tercera persona. Un investigador revisaba cada respuesta antes de enviarla, como salvaguarda.
Los resultados sorprendieron a los propios autores. Esperaban incomodidad y encontraron entusiasmo. Los participantes prefirieron con claridad la versión que encarnaba al difunto, la sintieron más cercana y real, y aun cuando la IA hablaba en tercera persona le respondían como si fuera su ser querido. Todos dijeron que volverían a usarla.
El hallazgo más inquietante es otro: los errores y las alucinaciones importaron poco. Lo decisivo fue que la IA acertara el tono, el vocabulario y el ritmo de la persona. Un apodo que el difunto nunca usó rompía la ilusión; un dato biográfico falso, no tanto. Dicho en clave epidemiológica: este instrumento no se valida por su exactitud, sino por su capacidad de convencer.
El truco: una intervención de salud mental sin ensayo clínico
Aquí está la trampa. Un deadbot no se vende como tratamiento, pero actúa sobre uno de los procesos psicológicos más delicados: el duelo. Se estima que por cada fallecido hay alrededor de cuatro dolientes, y que entre el 10 % y el 30 % desarrolla un duelo complicado. Es una población grande y vulnerable.
Y no hablamos de una abstracción. El trastorno por duelo prolongado ya es un diagnóstico formal en la CIE-11 (código 6B42) y en el DSM-5-TR: un anhelo persistente por el fallecido que deteriora la vida diaria durante al menos 6 meses según la OMS, o 12 meses según la Asociación Americana de Psiquiatría. Se asocia, además, con mayor mortalidad por todas las causas. Un producto diseñado para que nunca dejemos de «conversar» con el difunto actúa justo sobre ese mecanismo.
¿Qué sabemos de su efecto? Muy poco. Una revisión de alcance publicada en 2026, con 22 estudios entre 2016 y 2026, describe un campo todavía inmaduro, metodológicamente heterogéneo y con escasa investigación directa en usuarios. Los efectos reportados son ambivalentes: consuelo, sensación de vínculo continuo y apoyo emocional, pero también dependencia, evitación del dolor, confusión entre realidad y simulación y posible prolongación del duelo.
Si un medicamento llegara al mercado con esa evidencia, ninguna agencia sanitaria de la región lo aprobaría. A los deadbots nadie les pide nada.
A ello se suma el modelo de negocio. Investigadores de la Universidad de Cambridge advirtieron que estas plataformas podrían usar la voz del ser querido para hacer publicidad. Imagine a su abuelo recomendándole un seguro o una marca de café. Y las suscripciones crean un incentivo perverso: a la empresa le conviene que usted nunca se despida.
Consentimiento: el gran ausente en Colombia y Ecuador
Casi todos hemos dejado miles de mensajes, audios y fotos sin que nadie nos preguntara si queremos seguir «hablando» después de morir. Y el consentimiento lo cambia todo: en una encuesta con adultos estadounidenses, la aceptación social de la resurrección digital fue de 58 % cuando la persona fallecida la había autorizado, y de apenas 3 % cuando se había opuesto.
Nuestros marcos jurídicos no fueron pensados para esto. Colombia tiene su régimen de habeas data (Ley 1581 de 2012) y, desde febrero de 2025, una Política Nacional de Inteligencia Artificial (CONPES 4144). Ecuador cuenta con su Ley Orgánica de Protección de Datos Personales desde 2021. Pero ninguno de los dos países tiene reglas específicas sobre réplicas digitales de personas fallecidas. Aunque existen marcos de protección de datos personales, persisten interrogantes jurídicos y éticos sobre la creación de réplicas digitales póstumas, especialmente cuando no existe consentimiento previo, específico y verificable
Filósofos de Australia y Países Bajos proponen aplicar una «lente de la muerte» a toda nueva norma sobre IA: preguntarse siempre cómo protege a los fallecidos y a sus deudos. Es una idea que Bogotá y Quito harían bien en adoptar.
Tres reglas para no dejarnos asustar (ni engañar)
No se trata de prohibir. Para algunas personas, una conversación así puede ser un ritual de despedida legítimo, como releer cartas o ver videos antiguos. Pero desde la salud pública propongo tres mínimos:
- Consentimiento en vida. Ninguna réplica sin autorización expresa de la persona, registrada en su voluntad digital, como hoy decidimos sobre la donación de órganos.
- Cero publicidad y fecha de despedida. El bot no puede vender nada, y debe existir una forma digna de «retirarlo» cuando llegue el momento.
- Protección de los más vulnerables. Fuera del alcance de niñas, niños y adolescentes, con tamizaje de duelo complicado y derivación a profesionales de salud mental.
¿Y qué pasará con nuestras cuentas cuando muramos?
Algunas empresas tecnológicas ya contemplan nuestra muerte digital. Google ofrece un Administrador de cuentas inactivas que permite designar contactos para recibir determinados datos o solicitar la eliminación de la cuenta tras un período de inactividad. Facebook permite elegir un contacto de legado para administrar aspectos limitados de un perfil conmemorativo o decidir su eliminación después del fallecimiento. Sin embargo, estas herramientas administran nuestro patrimonio digital, no autorizan a una IA a reproducir nuestra personalidad, voz o recuerdos. La pregunta sigue abierta: ¿quién debería decidir si nuestros datos pueden utilizarse para hacernos hablar después de morir?

Este fin de semana, entre disfraces en Bogotá y guaguas de pan en Quito o Loja, vale la pena preguntarnos qué trato queremos hacer con la tecnología. En la encuesta sobre consentimiento, el 59 % rechazó su propia resurrección digital. ¿Usted la autorizaría? El verdadero truco no es que la IA imite a nuestros muertos, sino que nos convenza de que ya no hace falta despedirnos. Honrar a quienes se fueron también significa dejarlos ir.
Referencias
- Manning J, et al. Experimento con fantasmas generativos en personas en duelo. Proceedings of the Designing Interactive Systems Conference (DIS), 2026. doi:10.1145/3800645.3813090 · Reseña: Bild der Wissenschaft
- Impactos psicológicos do uso de deadbots: uma revisão de escopo. 2026. doi:10.5281/zenodo.20932919
- Jiménez-Alonso B, Brescó de Luna I. ¿Griefbots para despedirnos de nuestros seres queridos fallecidos? Algunas consideraciones psicológicas y éticas. Psicosomática y Psiquiatría. 2022;20:42-53. Texto completo
- Eisma MC. Prolonged grief disorder in ICD-11 and DSM-5-TR: challenges and controversies. Australian & New Zealand Journal of Psychiatry. 2023. doi:10.1177/00048674231154206
- Revisión clínica sobre el curso del duelo y el trastorno por duelo prolongado. PMC8475918
- Organización Mundial de la Salud. CIE-11, 6B42 Trastorno por duelo prolongado.
- Hollanek T, Nowaczyk-Basińska K. Griefbots, deadbots, postmortem avatars: on responsible applications of generative AI in the digital afterlife industry. Philosophy & Technology. 2024. Reseña
- Iwasaki M. Encuesta sobre consentimiento y resurrección digital. Asian Journal of Law and Economics. doi:10.1515/ajle-2023-0125 · Reseña: TechXplore
- Stokes P, Buben A, Chopra V. AI Regulation and the Protection of the Dead. Aporte a la Productivity Commission de Australia.
- The law of digital afterlife: the Chinese experience of AI «resurrection» and «grief tech». International Journal of Law & Information Technology. 2025;33.
- BBC Mundo. Los dilemas de utilizar la inteligencia artificial para resucitar a los muertos (caso Elis Regina).
- La Tercera. La funeraria que utiliza IA para revivir a las personas fallecidas a través de sus fotografías.
- Gamlins. Ghost bots and your digital legacy: what the law says now (herramientas de legado digital).
- Departamento Nacional de Planeación. CONPES 4144: Política Nacional de Inteligencia Artificial. Colombia, 2025. Resumen
