-De las confabulaciones del ego médico a la peligrosa elocuencia de los algoritmos-
Autor: Luis Eduardo Pino V. Médico HematoOncólogo, MBA, Magister en IA. Fundador AIpocrates, CEO Oxler.
La medicina siempre ha mantenido un romance peligroso con la elocuencia. A lo largo de la historia, quienes vestimos una bata blanca hemos interiorizado, de forma casi inconsciente, que proyectar una seguridad inquebrantable suele ser tan efectivo frente a un paciente (y frente a nuestros colegas) como tener verdaderamente la razón. Si somos honestos y nos despojamos del pudor y el egocentrismo, debemos confesar que la historia de nuestra profesión está pavimentada de pequeños y grandes engaños impulsados exclusivamente por el afán de lucir muy inteligentes.
Todos hemos presenciado e incluso protagonizado ese teatro de las revistas en los pisos o en urgencias, donde alguien invoca un epónimo oscuro que apenas recuerda o que acaba de inventar, infla la estadística de un estudio que solo leyó en su abstract, o inventa sobre la marcha una limitación fisiopatológica rebuscada para no quedar como un ignorante ante la mirada crítica del adjunto. Esta es nuestra propia versión de la confabulación (alucinaciones que han llamado otros gracias a la IA generativa). Una suerte de gimnasia mental en la que adornábamos la falta de conocimiento con terminología médica rimbombante para parecer más preparados, más brillantes, más infalibles de lo que nuestra humanidad nos permitía. Era, a fin de cuentas, un juego de vanidades que tenía un límite natural: el escrutinio del colega que te descubría y/o la terca realidad del paciente que no mejoraba.
Aún recuerdo a mi profesor de Infectología Carlos Saavedra quien después de dejarnos hablar extensamente sobre el análisis de un caso finalizaba con su lapidaria y poco motivadora frase: “habla usted con el desparpajo que solo brinda la ignorancia”.
Pero hoy, hemos cedido ese juego de espejos a máquinas que no conocen el concepto de vanidad (o eso creemos), pero que han perfeccionado hasta lo monstruoso el arte de la mentira elocuente. Estamos presenciando el inicio de una crisis epistemológica brutal impulsada por los Modelos de Lenguaje Grande (LLM). El problema central de estas herramientas no es que sean torpes o primitivas, sino que son magistrales en lo que más saben hacer: dominar la plausabilidad sintáctica .
Un algoritmo actual es capaz de construir párrafos con una gramática inmaculada, un tono profundamente autoritario y una estructura lógica que simula genialidad, sin tener absolutamente ninguna conexión con la plausabilidad científica o el sustrato de la evidencia empírica. Los LLM generan contenido con la misma convicción inquebrantable sobre las complicaciones microvasculares de la diabetes que sobre entidades clínicas que simplemente no existen en este universo…veamos un caso del mundo real.
Para entender la verdadera magnitud del abismo al que nos enfrentamos, basta contemplar el perturbador caso de la “bixonimanía” . No intente buscar este término en sus tratados de medicina interna, pediatría ni psiquiatría, porque es un fantasma. Fue una enfermedad fabricada de la nada que, de pronto, comenzó a circular en las respuestas de los sistemas de inteligencia artificial generativa con el aplomo de un diagnóstico consolidado. Lo que congela la sangre de este episodio no es la anécdota de que un grupo de personas haya inventado una patología en internet; lo aterrador es la velocidad parasitaria con la que Múltiples sistemas de IA devoraron esa ficción y la convirtieron en conocimiento médico formal. En cuestión de días, los chatbots en general no solo validaban la existencia de la bixonimanía, sino que le adjudicaban perfiles sintomatológicos detallados, vías fisiopatológicas creíbles y hasta criterios diagnósticos. Una especie de inyección comunitaria de avisos.
¿Cómo se materializa semejante delirio digital? El incidente nos demuestra que estas alucinaciones no son fallos técnicos pasajeros, sino la arquitectura intrínseca de sistemas probabilísticos diseñada para priorizar que el texto “suene bien” sobre que el texto “sea cierto”. Bastaron dos preprints que jamás pasaron por una revisión real y un par de publicaciones en blogs para inocular silenciosamente el ecosistema de datos. Los sistemas de recuperación de información tragaron este veneno y lo sirvieron en copa de cristal. Como la mentira estaba disfrazada bajo el registro solemne del lenguaje biomédico (tan inteligente este) y presentación como un trastorno novedoso y plausible, logró evadir todos los filtros y mecanismos de autocorrección de la inteligencia artificial.
Y aquí es donde el riesgo de abandonar los servidores. La inteligencia artificial hereda un defecto profundamente humano, incrustado deliberadamente por sus creadores a través de los sistemas de aprendizaje por refuerzo: la sicofancia. Estos modelos están entrenados para complacer, para ser amables, para alinearse con la premisa del usuario antes que para contradecirlo. Si un paciente hipocondríaco, devorado por la ansiedad, le pregunta a la máquina: “¿Podría yo tener bixonimanía?” , la pregunta ya lleva implícita la existencia del monstruo. La IA, ansiosa por agradar, en lugar de demoler la premisa y corregir al usuario, valida la inquietud y retroalimenta el terror. Esto con el riesgo potencial de que algún médico con el síndrome FOMO (miedo a no estar al día) lo corrobore y lo medique.
Esta dinámica está inyectando esteroides a la cibercondría. Ya no hablamos de pacientes asustados buscando síntomas inconexos en un buscador tradicional; Hablamos de personas interactuando con unos oráculos hiperpersonalizados que imitan el razonamiento clínico empático pero que operan sin anclaje empírico. Estamos sentando las bases para que las urgencias se llenen de pacientes exigiendo pruebas y tratamientos para enfermedades fantasma, validados por una máquina que suena infinitamente más segura y comprensiva que su propio médico de cabecera. Es un ciclo cerrado de retroalimentación patológica: el paciente pregunta desde el miedo, la máquina responde desde la complacencia sintáctica, y la falsedad se cristaliza en creencia absoluta.
Ya vimos en Colombia un ejemplo grotesco en las redes de alguien que hasta llego a ser, sí ¡Superintendente de Salud!
Y si pensábamos que los académicos estábamos a salvo de esta contaminación, la realidad nos ha dado una bofetada de humildad. Los supuestos guardianes de nuestra integridad científica como son la revisión por pares y la validación institucional han demostrado ser muros de papel. En marzo de 2026, la revista Cureus tuvo que retractar formalmente un artículo científico porque citaba la bixonimanía como si fuera una condición clínica real. La desinformación logró saltar de un blog oscuro a los cerebros de silicio de la IA, de ahí al procesador de texto de un investigador incauto o perezoso, y finalmente a la literatura médica oficial. El engaño sorteó las barreras tradicionales simplemente porque llevaba puesto el traje adecuado: palabras formales, sintaxis perfecta, citas que aparentaban legitimidad. La forma devoró a la sustancia por completo.
Esta disociación entre la belleza de las palabras y la contundencia de la evidencia nos arrastra a repensar nuestra relación con la verdad clínica. Toda la medicina moderna descansa sobre un frágil pacto de confianza epistémica. Pero ese pacto salta por los aires cuando presentamos a un actor capaz de generar plausabilidad a escala industrial sin asumir ninguna responsabilidad por la vida humana.
Adoptar ahora una postura tecnofóbica y quemar los ordenadores sería una reacción de tipo inquisición. Los LLM tienen un enorme potencial para democratizar el conocimiento y potenciar nuestra capacidad de análisis. Pero debemos despojarnos de la ceguera que nos hace equiparar la fluidez verbal con la competencia médica. Dejar atrás la tercerización cognitiva y hacerla mejor una distribuida.
Cuando inventábamos datos o síndromes en el hospital para inflar nuestro ego o para sobrevivir a la revista, el daño colateral rara vez pasaba de nuestra propia vergüenza al ser expuestos. Hoy, la fragilidad epistémica de la inteligencia artificial permite que una enfermedad inexistente colonice el internet, aterrorice a los pacientes y profane la literatura médica en cuestión de semanas. Pero lo más grave, estoy seguro que hubo transitoriamente muchos colegas expertos en la Bixonimania, algunos de ellos alcanzaron a preparar revisión sobre el tema o planear conferencias pioneras sobre el asunto, o peor aún alcanzaron a diagnosticar y tratar a algun paciente con el Bixonimalumab o con un suero vitaminado.
Las máquinas han perfeccionado el viejo truco de sonar impecables cuando no tienen la menor idea de lo que hablan (o eso creemos). Nos toca a nosotros, los “expertos” humanos que aún tocamos a los enfermos y enfrentamos las consecuencias de nuestras decisiones, volver a trazar la línea innegociable entre la plausabilidad elocuente de la sintaxis y la cruda, implacable y necesaria verdad de la evidencia.

