¡Basta ya!

– -Por qué Silicon Valley no puede diseñar nuestra consulta: Un llamado a la rectoría médica – –

Autor: Luis Eduardo Pino. Fundador de AIpocrates. CEO OxLER.

Sinopsis: 

A diario empresarios, ingenieros, desarrolladores y gurús del Silicon Valley americano y de los autodenominados Silicon Valley latinoamericanos corren apresurados para diseñarnos el futuro de la medicina con Inteligencia Artificial. Es hora de agradecerles el interés, pedirles que den un paso al costado y asumir nosotros, el talento humano en salud, el control de nuestra profesión, de nuestro presente y nuestro futuro.

El esnobismo en salud 

Si uno asiste hoy a cualquier foro de innovación (que parece obligatoriamente llamarse en inglés, aunque se desarrolle en el vecindario), lee las redes sociales o revisa las noticias tecnológicas, se llevará la misma impresión: el futuro de la medicina parece estar siendo dictado por personas que en su vida aprendieron a hablar con los pacientes, tomar signos vitales, auscultar pacientes, dar malas noticias o hacer guardias (toma de desiciones sobre la vida en ecosistemas complejos de alta incertidumbre y presión académica y emocional).

CEOs de empresas tecnológicas, desarrolladores de software y entusiastas digitales han generado una avalancha de pronósticos de cuando los médicos seremos reemplazados y sentencias cómo aquellas que un Modelo de Gran Lenguaje (LLM) diagnostica mejor que un humano y nos bombardean con «soluciones definitivas» empaquetadas como herramientas de Inteligencia Artificial que, según ellos, curarán todos los males de nuestros crónicamente colapsados sistemas de salud. Pero existe aquí claramente una divergencia de incentivos.

Como médico siento la obligación técnica y moral de trazar una línea roja: ¡basta ya!

Es momento de poner freno a este intrusismo tecnológico “bienintencionado”, pero profundamente desconectado de la realidad. El cuerpo humano no es una simple base de datos estructurada, el sufrimiento no es una neurona de entrada, el acto médico no es una capa densamente conectada y el pronóstico multidimensional de un paciente no se ajusta con una función de activación Softmax o ninguna otra.

No niego el poder transformador de la Inteligencia Artificial ya que me dedico a ella desde hace casi 10 años y tengo una maestría al respecto. Entiendo el código, los modelos de ensamble, entiendo las redes neuronales convolucionales, los transformadores, los autoencoders variacionales, el RAG, los agentes y sistemas multiagénticos, conozco el potencial de todo esto, y también sus limitaciones y riesgos. Precisamente porque entiendo cómo se construyen, sé perfectamente lo que no pueden hacer, y lo que están produciendo en serie los Silicon Valleys y las startups son sueños de unicornio que no transformarán nuestra práctica, con contadas excepciones.

Unicornios confundidos

Se nota en el ecosistema emprendedor una afugia, un afán contagioso, una prisa casi febril por desarrollar «la herramienta de IA para los médicos”. Nos ven como una presa, un mercado a conquistar, como usuarios pasivos de sus interfaces, y nuestra actitud de esclavo moderno les ha dado impulso. Sin embargo, los productos que nos entregan suelen revelar una profunda miopía clínica. Resuelven problemas que no tenemos, o abordan los que sí tenemos desde una ignorancia absoluta de los flujos de trabajo, de las responsabilidades médico-legales y del peso ético de la toma de decisiones, Son “juguetes” incompatibles con los estándares de la práctica clínica.

Esta desconexión es aún más grave cuando la miramos desde la óptica regional. Los desarrolladores en San Francisco o Londres diseñan soluciones para ecosistemas de abundancia donde la “pilotitis” puede pagarse. Pero en América Latina, en Colombia, enfrentamos un sistema “en modo control de daños”, con asfixia financiera, fragmentación de datos, barreras de interoperabilidad y una profunda inequidad social. 

Las herramientas importadas o “tropicalizadas” sin criterio clínico local no solo son inútiles; pueden ser peligrosas. Un algoritmo entrenado en el norte global no entiende la epidemiología, la genética ni las barreras de acceso de un paciente en nuestras regiones. Es triste, y a la vez decepcionante, ver que muchas de las empresas colombianas que incursionan o quieren incursionar en este sector navegan la medicina y sus bemoles con una superficialidad fastidiosa que se mueve entre anglicismos y diminutivos, con un lenguaje comercial y no científico. 

Por eso, el liderazgo de esta transición no puede estar en manos ajenas.

¿Y el talento humano en salud qué opina?

Los médicos hemos y estamos pecando de una pasividad e indiferencia generada por el desconocimiento y la alta carga laboral en un sistema que paga pero esclaviza, y que hoy ya ni paga. 

Agobiados por esa carga asistencial, las crisis del sistema y la burocracia, hemos cedido la silla en la mesa de las ideas y el diseño . Hemos permitido que se atrevan a decidir nuestro propio futuro. Pero la medicina es nuestra casa, y es imperativo que recuperemos la rectoría de nuestra evolución, que no divorcien al médico y la enfermera de la medicina. Es imperativo que nos hagamos las preguntas fundamentales y las resolvamos. Es urgente que la profesión pase de ser un oficio a un rol sociotécnico relevante.

Debemos comprender que las herramientas actuales de IA se metieron con el lenguaje y la cognición, entonces debemos mejorar nuestro lenguaje (ser los mejores comunicando) y nuestra cognición (humildad epistémica, curiosidad insaciable y juicio crítico). La Inteligencia Artificial será el nuevo estetoscopio, una herramienta formidable, pero seguirá siendo un instrumento ciego sin el juicio clínico, la prudencia y la compasión que solo confiere la experiencia humana. Por esto, no necesitamos que nos construyan el futuro para luego vendérnoslo; necesitamos liderar su construcción.

A los desarrolladores, ingenieros y emprendedores les respetamos su genialidad técnica y los necesitamos como aliados estratégicos, pero ustedes son los arquitectos, no los dueños del edificio ni los profetas de la medicina. La dirección clínica, la definición de los problemas a resolver y la validación ética de las herramientas nos corresponde a nosotros y por supuesto a nuestros pacientes y sus familias. 

A mis colegas les digo también: ¡basta ya!, es hora de despertar de la apatía y la fascinación indigenista con la tecnología. No podemos seguir siendo simples usuarios de software desarrollado por terceros, tenemos que ser constructores, y para eso debemos prepararnos, alfabetizarnos en datos, liderar los comités de innovación, exigir explicabilidad a los modelos que usamos y diseñar las soluciones que nuestra región realmente necesita. 

Esto lo hemos hecho desde nuestro milenario nacimiento, y no puedo creer que algo que es espectacular pero que básicamente es analítica avanzada, arquitectura matemática y poder computacional se nos deslice de las manos.

Y ya es hora de que volvamos a sentarnos en la cabecera de la mesa. Es hora de ser ese médico del futuro del que todos hablan pero que solo nosotros entendemos como construir. Siempre será mejor equivocarnos nosotros.

¡El futuro de la medicina, con o sin Inteligencia Artificial, nos pertenece!

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